
Óscar Sánchez Vadillo
Aparte de las objeciones científicas o de otro tipo que puedan ponérsele a la película estrella -nunca mejor dicho- del director del momento, Christopher Nolan, Interstellar (por ejemplo: https://hyperbole.es/2014/11/interstellar-los-agujeros-de-christopher-nolan/), lo mejor de ella no está, en mi opinión, en la ciencia-ficción. De hecho, en ese campo deja mucho que desear: ni la gravitación atraviesa las dimensiones -¿eso qué demonios es?-, ni el amor que sepamos es “cuantificable”, ni tenemos seguridad alguna de que los “agujeros de gusano” sean nada más que una hipótesis -y ojalá que no lo fueran...-, ni las paradojas temporales a las que da lugar el desenlace de la historia pueden ser verificadas o falsadas, ya que precisamente el universo relativista, al negar el paso del tiempo (porque el tiempo es un sólido, es un teseracto en el presente caso), puede verse afectado en lo más mínimo por la relaciones causa-efecto. Todo eso importa, pero no tanto como el trasfondo sentimental, que sin embargo es en la trama claro como el día -o al menos como el día empañado por tormentas de polvo...-, pero que queda algo oculto por lo muy álgido de la acción. Porque de lo que trata Interstellar de verdad es, nada más y nada menos, tal y como yo lo veo, de una inversión genial de las relaciones paternofiliales que no sólo podría ser cierta, sino que, lo fuera o no, deberíamos adoptarla como propia visto el panorama climático y civilizatorio que nos aguarda. Y esa inversión se concreta en lo siguiente, que habría que asimilar como si fuera palabra sagrada: son los hijos los que salvan a los padres, y no al contrario, como estamos acostumbrados a pensar. Murphy, en la cinta, es quien no sólo salva, como digo, a su padre, el aparente héroe de la historia, sino que también justifica su peripecia y su vida. Pero lo mejor, si nos fijamos, es que lo mismo sucede con los llamados “ellos”: los ellos son nuestros sucesores, y como tales nos salvan y justifican a nosotros desde el futuro, como el personaje de Anne Hathaway salva, justifica y lleva a efecto los altruistas pero criminales planes de Michael Caine, su padre. Y debo decir que es una idea preciosa, por bonita y también por valiosa y única, que hace de esta película la película de nuestro tiempo, la película que deberían ver y comprender a fondo nuestras élites económicas y políticas.
Recuerda mucho, por otra parte, al Clifford D. Simak de Los hijos de nuestros hijos, sobre todo en su petición de responsabilidad de las generaciones presentes sobre las generaciones por venir. Pero Interstellar va, en este sentido, mucho más lejos. Porque, si lo he entendido bien, son las generaciones futuras las que tienen una responsabilidad respecto de las generaciones presentes, como si lo que nosotros hoy hemos llegado a ser ahora pudiera de algún modo otorgar sentido a las penurias y desgracias de nuestros antepasados. Louis Althusser tiene escrito un pasaje en el que dice que, por mucho que la revolución marxista sea capaz de proporcionar a la especie humana el descanso y la paz histórica que merece, nada podrá restañar el dolor y el trabajo inmisericordes del pasado histórico. Creo que en esto, como en todo, Althusser se equivocaba. En Interstellar, al menos, que el futuro vaya a ser incomparablemente mejor que el presente redime enteramente este presente, y lo llena de sentido. Que un hijo supere ampliamente a su padre, al igual que un discípulo supere a su maestro, no únicamente es objeto de satisfacción y orgullo de padre y de maestro, es también la explicación retroactiva del esfuerzo y la virtud del padre o del maestro. De eso trata, en realidad, Interstellar. El estremecedor poema del galés Dylan Thomas recorre el metraje, porque no se puede uno adentrar dócilmente en esa “buena noche” sin antes haber preparado para su progenie un porvenir prometedor. El discurso de Matt Damon, el único villano totalmente depravado de la película, es diabólico porque apela a la maldita teoría de la selección natural que tanto gusta a muchos para hacer pasar por buena la lucha por la supervivencia individual. Eso, que todavía hoy entre nosotros goza de un éxito excepcional y casi sin rival, es denunciado en Interstellar como el mayor crimen de lesa humanidad. Matt Damon es estúpido y egoísta porque no tiene hijos, pero envidia a quien los tiene. De hecho, en el teseracto es la habitación de la hija la matriz espaciotemporal y sentimental del Universo, allí donde todo adquiere sentido, porque toda la eternidad gira en torno al acto de amor de una hija por su padre y viceversa. Murph no sólo rescata a su padre, hasta le busca novia para que Adán y Eva se hagan reales en otra galaxia. No me hagáis caso, pero Interstellar no es sólo una buena película, también es una filosofía, un gran lección de filosofía, y a mi juicio es justo la filosofía y la lección que necesitamos hoy más que comer…
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